La revancha de la soda: El sifón que inventó un argentino y se exporta al mundo

Héctor Darritchon, Gerente General de “IVESS El Jumillano” y miembro Vistage del G15, nos comparte una nota que hizo el diario Clarin donde de la mano de César Darritchon, hacen un recorrido desde sus comienzos hasta su exitoso presente.

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La primera imagen de esta historia es de un nene. Tiene 11 años, se llama César, y por las tardes, después de ir al colegio, de almorzar y de hacer los deberes, sale a vender garrapiñadas en uno de los cruces de tren del Camino de Cintura, en Ciudad Evita, partido de La Matanza. Sus dos amiguitos-Caito y Belinda-le contaron el secreto y él les hace caso; ya lo comprobó: cada vez que la barrera baja, busca camiones y autos en los que haya chicos. Son los mejores clientes. Los que más les compran.

La segunda es del mismo nene, a esa misma edad, pero de los fines de semana, cuando sube al carro junto a su papá. Un caballo empuja. Reparten leche primero y soda después, por las calles del barrio Villegas y alrededores, siempre en La Matanza. César aprende de su papá: grita “soderoooooooo…” en cada una de las calles del reparto, y los vecinos salen a comprarles. Más adelante dejarán el carro y pasarán a hacer el reparto en un tractor. Y juntos, ocho años después -en 1979-, enfrentan el mayor reto de sus vidas comerciales: hipotecan la casa familiar para comprar la primera fábrica de soda. Se llama Jáuregui y está en Isidro Casanova.

Pero a los cuarenta y un años de la inauguración de la primera fábrica, César Darritchon (63), el mismo nene que vendía garrapiñadas y comenzó a repartir soda a los 11 años, baja de un avión y entra a las oficinas de Coca Cola Company. Y es la última imagen de la historia. Al menos, hasta ahora.

Una de sus empresas se convierte en proveedor oficial de Coca Cola. A fines de los noventa creó una tapita con una válvula que distintas empresas de gaseosas de Francia, España, Italia, Australia, Rusia, Bulgaria, Portugal, Bielorrusia y México, entre otros países, compran para colocárselas a envases de plástico y venderlas como “sifón” de soda descartable, en los supermercados. Antes, en las góndolas, solo se veían botellas de agua con gas. Coca Cola las usa para Ciel, su línea de agua en México.

“Estaba en las oficinas de Coca Cola y me acordaba del caballo, del tractor, del barro de las calles de La Matanza, del barrio Villegas, de los días de reparto con lluvia o frío, de cuando gritaba soderooooo… Me pasé treinta años trabajando en la calle. Ese fue mi máster. Se me pasaba todo por la cabeza. Y me decía ¡y ahora estoy acá ..!”, cuenta Darritchon, en su oficina, con un barbijo que lleva el escudo de Racing.

Por estos meses, el reparto de soda a domicilio en Argentina cumple 90 años. La figura del sodero, y la imagen del camión pasando por cada una de nuestras esquinas, son prácticamente únicas en el mundo que, desde mediados de los sesenta, cambió al sifón por la botella de agua con gas. Pero de a poco está volviendo, gracias al invento de Darritchon. Desde una fábrica que comenzó en un dos ambientes de Lanús y hoy ocupa 8 mil metros cuadrados en Carlos Spegazzini, parten hacia al mundo tres contenedores semanales con 300 mil tapitas con la válvula, que anualmente convierten en sifón a cerca de 60 millones de botellas del mundo.

La relación entre los argentinos y la soda nació hacia fines de la década de 1920. Las primeras fábricas fueron abiertas por españoles que acababan de llegar a Buenos Aires, y que en España se dedicaban a lo mismo. Los sifones, en aquellas épocas de vidrio, viajaban en barco desde Francia e Inglaterra. Los repartidores trabajaban arriba de caballos. Comenzaron a salir a la calle en 1930. Y la lista de clientes, con sus direcciones y nombres, quedaban en sus memorias. No había otro registro. Hay una leyenda que dice que un repartidor renunció, y para reubicar a los clientes, siguieron a su caballo. Lo seguían a pie y veían dónde frenaba. Cuando lo hacía, era cuestión de presentarse y preguntar. Si el cliente no vivía en la casa que estaba a altura del caballo, vivía en la de al lado. No fallaba.

Es un invento europeo, pero nos quedó a nosotros”, opina Luis Taube, fundador y director del Museo del Sifón (ubicado en Berisso), donde se pueden encontrar más de 4 mil ejemplares. Y agrega que la venta a domicilio, y la figura del sodero, nació por un grupo de argentinos dueños de fábricas chicas. Hasta ese momento había una especie de monopolio, que le vendía a los restaurantes y almacenes. Los soderos más chicos no podían ingresar a ese circuito comercial. Entonces, se unieron y salieron a hacer la clientela puerta a puerta.

El primer gran cambio en la industria mundial de la soda apareció en los sesenta. El desarrollo y la innovación de las grandes franquicias de bebidas europeas hicieron que el sifón pasara al pasado. Abrieron los primeros grandes supermercados y en las góndolas comenzaron a verse botellas plásticas de agua con gas. Con la misma tapa de las gaseosas. Algunas empresas de alimentos ingresaron al rubro de las bebidas, y lo mismo: vendían agua con gas, en botellas. De plástico o de vidrio. Hoy, en todo el continente, los países que consumen más agua con gas son Alemania y Austria.

Y en Argentina, todo lo contrario. La soda siguió vendiéndose, cada vez más. Estaba a la altura del pan y la leche. El promedio era de 100 litros per cápita. Había almacenes en donde se le reponía sifones dos veces al día. Se consumía más que las grandes gaseosas. Era, por lejos, la bebida sin alcohol más vendida del país. En toda Argentina había entre 4.000 y 5.000 fábricas de soda. Y en 1965, un grupo de fabricantes funda el Instituto verificador de elaboración de soda en sifones (IVESS). La soda, dicen, se innovó. Y se fijaron normas “Ivess” para poder vender. Al tiempo nació Cimes.

En esos tiempos cada inauguración de una fábrica, o la renovación de sus máquinas, se festejaba con la visita de Nicolás “Pipo” Mancera, que transmitía desde allí, en vivo, el popular programa Sábados circulares. En Europa, y en el mundo, el sifón era historia. Pero en Argentina, aparecía en publicidades protagonizadas por China Zorrilla, Luis Landriscina, Berugo Carámbula. Hasta Carlitos Balá preguntó, en una publicidad, “¿qué gusto tiene la soda?”.

En los ochenta llega otro cambio, siempre en Argentina, el único país que seguía consumiendo soda. El sifón deja de ser de vidrio y nace el de plástico, retornable, que es el que reparten los soderos hasta el día de hoy. Se trata de un invento argentino. En 1991 comienza la época dorada. Y en el 92, la venta de soda bate un récord.

“El sifón caracteriza a los argentinos”, retoma Taube, del Museo. “Por ahí hay algún que otro reparto en Uruguay y en un par de pueblitos de España. Pero acá encontrás camiones en todo el país. En cualquiera de nuestros pueblitos toman soda. Estuve en pueblos de dos mil habitantes que tienen dos fábricas de soda. Y les va bien a las dos. Los turistas que vienen al museo no tienen la menor idea de que es un invento europeo. El sifón les gusta”. 

En la actualidad, se estima que la soda ocupa el 20% de la carga del camión de cualquier repartidor. El resto es agua. El sodero se reinventó: su fuerte son los bidones de 12 litros. Eso, en el AMBA. En el interior, la diferencia se achica. Se cree que en Argentina hay cerca de 5 mil repartidores de soda. En ciertos casos es tan cercana la relación entre soderos y clientes, que los repartidores son invitados a cumpleaños familiares, o les entregan las llaves de su casa, o les prestan sus propiedades en la costa, para que vayan a veranear. Entre 2001 y 2002, la serie “El sodero de mi vida”, producida por Pol-ka, mostró mucho del vínculo.

Ahora es un viernes de septiembre y Darritchon camina por uno de los pasillos de SIDES, la anteúltima empresa que creó. Fue en 1997 y en la actualidad produce cabezales para sifones descartables (más adelante, en 2008, compraría El Jumillano, de la que es su gerente. Hoy, sus dos fábricas de distribución de soda y agua están en el podio de las empresas que más venden). Las paredes repasan la historia del lugar. Muestran las publicidades de los productos que llevan su cabezal en todo tipo de idiomas. A diario, la producción es de 500 mil. El 45% del total terminan en containers que viajan al extranjero. El resto es para los clientes nacionales. De todo el país.

A mediados de los noventa, luego de los tres años de mejores ventas, el sifón llegó a las góndolas. En modo descartable. Era sin gatillo. Había que apretar un botón en la cima del cabezal. El empresariado de los supermercados no estaba conforme con el producto, por la sensibilidad. Los niños lo tocaban sin querer y dejaban un enchastre. En una reunión, le preguntaron a César si podría crear “un sifón sin botón ni palanca, pero con gatillo”. “En un principio sentimos que había sido una manera correcta de decirnos que no querrían ningún producto nuestro”, recuerda. “¿Cómo íbamos a hacer un sifón con gatillo pero sin palanca? Era una complejidad. Aunque emprendimos igual. Creo que nos metimos por la sangre de soderos, de ir siempre para adelante y del impulso por el trabajo”.

Hablaron con un diseñador industrial y con gente de la industria del plástico. Luego de varios intentos, llegaron a un cabezal con palanca de accionamiento embutida y rebatible. Además, tuvieron que reformar algunas máquinas, y comprar otras. Lo registraron como invento. Durante los primeros dos años dicen que tenían que tirar dos de cada tres cabezales, de lo mal que salían. Para la fábrica de Darritchon, el objetivo del producto era entrar al mercado de las góndolas de los super. Y lo lograron. “Ese paso es como el jugador de fútbol al que lo llaman de un club de Europa”, compara. Pero dos años después, la historia iba a cambiar. Y para bien.

“Es que más allá del trabajo, la perseverancia, las inversiones, la suerte te tiene que acompañar”, asegura Darritchon. Y su suerte no vino con cábalas o gualichos. Un día cualquiera, de 1999, sonó el teléfono de la fábrica. Llamaba un sodero de la vieja escuela, desde Barcelona. Un catalán que recordaba los últimos sifones de su ciudad, a comienzos de los sesenta. Decía querer comprarles el producto. “Los soderos somos tipos que tenemos burbujas en la sangre. El sifón es como un hijo para nosotros. Para el catalán, volver a vender sifones, nos dijo, era como volver a vivir”, cuenta. 

De un día para el otro, en aquel dos ambientes de Lanús donde funcionaba la fabriquita donde hacían los cabezales, comenzaron a llenar contenedores, por primera vez. Uno cada tres meses. Y el catalán, cumplió un sueño. A nivel personal y comercial. “Volvió el sifón”, decía su campaña de publicidad. Y sin darse cuenta, aunque imaginándolo, también cumplió uno de César. Su agua con gas, en su botella, con la tapita y la válvula que compraba en Argentina, se convirtió en sifón, y en soda. Y ocupó las góndolas de todas las sucursales de El Corte Inglés. De una punta a la otra de España. Fue la mejor publicidad para el emprendimiento que se hacía en Lanús, y de a poco, dejaba de ser a pulmón.

Muchos de los grandes empresarios de la bebida viajan a Barcelona. Ya sea por vacaciones, por negocios o lo que fuera. Y una de las primeras cosas que hacen es entrar a los supermercados y ver qué novedades hay. Y la novedad de aquellos tiempos eran los sifones. Así, el teléfono de la fabriquita de Lanús pasó a sonar más seguido, por ser un invento propio y contar con la licencia. Llamaban de todo el mundo. La cantidad de consultas los convenció de empezar a participar en las grandes ferias internacionales de bebidas. El sifón generaba algo. Para todos, la gran mayoría de los interesados, era algo nuevo.

“Representaba una innovación. Compraron un producto argentino, y una cultura argentina. A medida que aparecían más interesados, decidimos ir a una feria internacional de bebidas. Fue en Miami. Notamos que el público se interesaba, les resultaba novedoso. Pero no vendimos ni una sola tapita”, cuenta.

La segunda feria en la que ocuparon un stand fue en la ciudad de México. Y tampoco vendieron nada. En la tercera, también en la misma ciudad, les fue igual. Mucho interesado y cero ventas. Pero como una señal más de que las cosas buenas llegan a los que siguen intentando, en el cuarto viaje se volvieron con la empresa número uno de gaseosas, a nivel mundial, de cliente: Coca Cola.

Y la fabriquita de un dos ambientes de Lanús pasó a una fábrica de Quilmes. Los clientes también crecieron. Hasta desde India y Andorra llamaron y les compraron. Cada tanto, César recibe llamadas. Sus amigos, de vacaciones o de viaje por el exterior, le comentan que están en supermercados de Rusia, Cancún, Miami o Milán y encuentran los productos con su invento en la tapa. Le envían fotos.

Y le pasó, personalmente, de viajar a un pueblito de sus suegros, en Italia. Antes de la primera cena, pasó a comprar algo al super chiquito y se quedó embobado: se encontró con lo que fabrica. Y ahí, los mismos sentimientos que en las oficinas de Coca Cola: el caballo, el tractor, el rastrojero, el barro de La Matanza, los días de lluvia y frío repartiendo sifones. “En la vida, la adversidad siempre es un poco necesaria”, concluye, a modo de reflexión y consejo. “Por más dinero que tengas, hay muchas cosas que no vas a entender si no empezás de abajo. Y cuando tenés la experiencia de haber guardado peso por peso, de los días que te mojaste, y sentís la confianza para jugártela, hacelo. Pero andá con todo. Aun sabiendo que sin riesgos no hay nada “.  

Fuente: Clarín