Invitación a la convivencia

Todos somos responsables de la reconstrucción de la sociedad argentina. Cada uno conoce sus posibilidades y el alcance de la mismas.

Compartimos la nota de opinión de Roberto Hernández, Consultor de Empresas y Chair Vistage, en el Diario Perfil.

 

Parecería ser que el Covid19, además de ser un virus tremendo, desordeno todos los parámetros de funcionamiento social. La enfermedad, como síntoma colateral, nos ha traído una increíble dosis de intolerancia. Se discute para ganar y no para arribar al consenso. Pensar diferente es un pecado y convierte al adversario en enemigo.

No es posible acercar posiciones pues parecería ser que la distancia es el remedio. Sí lo es, pero como acción terapéutica para evitar el contagio, no lo es para evitar el acuerdo. Estamos hablando de distancia física, no ideológica. La tolerancia es habitualmente asimilada a conformismo. La tolerancia exige intercambio de ideas para obtener algo mejor, pero, preservando normas e independencia de criterios. Nos hemos convertido en una sociedad violenta por no saber escuchar. La escucha es la clave para poder generar nuevas acciones. Escuchar es tratar de entender. S

i no aprendemos a escuchar activamente, solo percibiremos “ruidos” con el cual un potencial enemigo trata de distraernos. La desaparición del diálogo Los grandes cambios en nuestro país, nacieron en la colonia, en interminables tertulias donde se intercambiaban puntos de vista, se discutía, se llegaba a acuerdos o no, pero básicamente todo se hacía con respeto. Más tarde, en el Congreso de la Nación, era posible escuchar notables piezas de oratoria, dichas para fundamentar una posición y con una importante dosis de elegancia verbal y respeto hacia el auditorio, donde convivían ideas similares u opuestas.

La consideración por el adversario era un estilo, por más acaloradas que fueran las discusiones. Hoy el diálogo fue tristemente reemplazado por la descalificación y el uso de improperios para caracterizar a quien no piensa como nosotros. Para colmo de males este no es un mal de la política solamente. Es un mal generalizado que atenta contra la búsqueda creativa de soluciones en todo tipo de ámbitos. No es lo mismo oír que escuchar Sin intentar dar lecciones de significado, es necesario dramatizar sobre estas diferencias. Por lo general estamos acostumbrados a oír.

Nuestros prejuicios solo nos permiten creer en lo que pensamos y parecería ser que tememos escuchar. La escucha atenta y activa nos permite reflexionar, cambiar un punto de vista y hasta modificar una creencia. Lo malo es que entendemos ese cambio como un síntoma de debilidad. Ceder, por la escucha de una idea diferente, no es bien visto para quienes solo entienden que se discute para ganar.

El tamaño de los egos Hay gente que cuando se sienta en una mesa para discutir algún tema, necesita una silla para él/ella y otra para su ego. Los egos desmesurados son los peores enemigos de los acuerdos eficientes. Una cosa es la autoestima y otra un ego empoderado. Cuando una comunidad trata un tema para consensuar es imprescindible dejar de lado el prejuicio, la descalificación y todo tipo de conducta que responda a un estilo intolerante. Y esos “venenos” son los que llevamos dentro. Lo que nuestras creencias, equivocadas o no, nos hacen sostener como si fuera bandera de batalla.

Invitación para la convivencia El Dr. Juan Carlos Lucas, una de las figuras en el universo del coaching, siempre destaca los componentes imprescindibles para una buena convivencia: Presencia: con el cuerpo y la conversación. Apertura: para escuchar lo que no me confirma (lo que no pienso). Protagonismo: para elegir conversaciones de acción. Estos tres componentes son los que evitan oír, en lugar de escuchar.

Son los que reemplazan a la soberbia por la tolerancia y los que permiten evitar el discurso de víctima, tan de “moda” en nuestra sociedad. La convivencia, imprescindible para el desarrollo de una comunidad, se está haciendo muy difícil. El fanatismo – o mejor dicho fundamentalismo – en el cual estamos inmersos en estos tiempos, no les permite a las dirigencias poder orquestar un sistema de reconstrucción, en un amplio sentido, social, económico, cultural, educativo, productivo…en síntesis: un sistema país serio.

La mezquindad, el egoísmo, la soberbia, la honestidad intelectual, la falta de transparencia, el desinterés por el bien común, han ganado un espacio que, muchas veces, parece imposible volver a recuperar. Todos somos responsables de la reconstrucción de la sociedad argentina. Cada uno conoce sus posibilidades y el alcance de la mismas. Comencemos a cambiar el rol. De víctimas a protagonistas.

Fuente: Perfil