Apertura: Lo echaron y con la indemnización creó su propia compañía que hoy factura $ 120 millones

De operario en una fábrica a dueño de su propia compañía, Gustavo de Freitas cree en las segundas oportunidades y tiene una planta en la que el 80 por ciento del personal proviene de contextos vulnerables.

Dejó la secundaria a los 16 años y comenzó a trabajar como operario metalúrgico en una fábrica que hacía exhibidores. Lo despidieron en 2001 y con los $ 10.000 que recibió como indemnización decidió convertirse en dueño de su propia empresa. Junto a dos empleados lanzó Grupo Advance, una compañía fabricante de estructuras de P.O.P. para el mundo retail. Pasaron 14 años y hoy lidera un equipo con 140 colaboradores en una planta de 15.000 metros cuadrados y cerró el 2017 con $ 120 millones de facturación.

Admite que su perfil comercial salió “a la fuerza” y asegura que sus logros son resultado de la perseverancia pero, sobre todo, de tener en claro sus puntos fuertes y débiles. “Yo entendí mis limitaciones y lo que no sabía lo preguntaba. Me ponía el traje y salía a vender. Volvía a la fábrica y tenía que seguir trabajando. La grasa del alambre es seca y no sale bien de las manos, entonces sabía que tenía que ir a ver los clientes con las manos abajo de la mesa. Siempre la tuve que remar”, recuerda el fundador.

Más allá del crecimiento de su negocio, la empresa se destacó en el concurso por sus políticas de capital humano. Durante la final de Protagonistas de una Nueva Economía, a De Freitas le quedaron cortos los siete minutos de exposición para hablar de todo el trabajo que desarrolla con su personal. “Como vengo de abajo, eso está en el ADN de la empresa. Uno está cerca de la gente porque entiende las dificultades. Tenemos gente que no terminó el secundario y hoy maneja a 20 empleados. Se trata de dar oportunidades”, se sincera.

El año pasado, la empresa puso como objetivo medir e institucionalizar su trabajo social y ambiental que, en realidad, está presente desde la génesis de la compañía. Su premisa de contratación abierta es la que impera desde el comienzo. “Surgió porque solo entendemos las cosas así. Y eso la gente lo devuelve. Porque se hace fiel a la empresa, porque el ambiente de trabajo es diferente y eso genera más productividad. Ahí te hablo como empresario. Genera más compromiso”, explica el CEO de la firma en la cual el 80 por ciento de su personal proviene de contextos vulnerables.

Este grupo está compuesto por personas provenientes de distintas iniciativas que articulan con la Municipalidad de San Martín. A través de un acuerdo firmado con su Secretaría de Derechos Humanos, participan del programa Puente, que busca insertar a expresidiarios al sistema laboral. Gracias a esto, hoy el 4 por ciento de la nómina está compuesta por expresos y para fin de 2017 esperaba que ese número llegara al 8 por ciento. También se suman al programa Empleo, en el que el municipio les acerca personas de bajos recursos –el 25 por ciento de sus empleados proviene de villas de emergencia– para darles una oportunidad de empleo formal. “Muchos vienen de trabajos en negro y ahora cambian totalmente los beneficios. Un trabajo en blanco hace que tengan una obra social, una jubilación, una ART. Eso sumado a que muchas veces no los toman cuando ven en dónde viven”, asegura el fundador de la empresa encargada de darle al 33 por ciento de sus empleados su primer trabajo formal. Por último, colaboran con la municipalidad y son sede de entrenamiento de personas discapacitadas. Sobre esto, asumieron el compromiso de contratar a una persona discapacitada al año.

Desde la empresa también se preocupan por hacer un seguimiento de estos grupos para que logren desarrollarse dentro de la compañía. Además, miden los niveles de escolaridad de los ingresantes –el 50 por ciento de los empleados llega con el colegio incompleto– y a quienes no terminaron el nivel primario se les ofrecen capacitaciones en oficios para poder ser recategorizados luego. Por su parte, quienes tienen incompleto el secundario pueden acceder a formación técnica como lectura de planos, todo siempre a cargo de jefes o encargados internos que lo hacen de forma voluntaria.

Durante 2017 decidieron trabajar, además, con problemáticas de violencia doméstica. Una vez al mes paran la planta durante dos horas para que todo el personal pueda asistir a charlas y talleres sobre el tema. “Se generó un lindo ambiente en el que los chicos se pudieron abrir y contar sus experiencias. De los 140 empleados, 15 dijeron estar dispuestos a recibir ayuda”, asegura De Freitas. Asimismo, la municipalidad de San Martín, a través de su Secretaría de Violencia, les provee un espacio a esas personas para que puedan tratarse. “Entendí que poder vincular lo público con lo privado hace que esto sea más fácil y nos permite tener una medición”, explica el fundador. Desde su costado de negocios agrega que los beneficios también impactan en la productividad: “Si la persona está bien, todo fluye mejor. Cuando institucionalizamos los beneficios vimos que bajó el ausentismo, porque la gente cuida más su trabajo. Estábamos entre 15 y 18 por ciento y lo llevamos a 6 por ciento”.

De Freitas camina la fábrica e intenta estar cerca de su gente. Uno de los programas del que habla con más entusiasmo es el que brinda ayuda financiera a los empleados. Bajo esta iniciativa, la empresa se hace cargo de cubrir gastos de tratamientos de salud que requieran cualquier persona o familiar directo dentro de la planta. En caso de enfermedades graves, la empresa asume el costo sin que el beneficiario deba devolverlo. Otra de las verticales está dedicada a apoyar proyectos de educación. “Si el hijo de alguien necesita clases particulares o algún empleado quiere estudiar inglés, por ejemplo, nosotros damos un préstamo que lo cobramos a una cuota mínima y sin interés”, explica.

Cuando se trata de mirar hacia afuera, la compañía elige colaborar con la Asociación Empujar. Se trata de un programa en el que chicos con barreras laborales que estén cursando el último año del colegio son capacitados para entrar en un grupo de trabajo. De Freitas es mentor de uno de los chicos, además de aportar económicamente, y ofrece pasantías para los estudiantes dentro de la planta. “Ven que no hay tanta distancia entre empleador y empleado”, asegura.

“Hay que reconocer para luego hacer. Ver qué tanta responsabilidad tenemos. Hasta ahora, los políticos nos demostraron que no pudieron, entonces me parece que hay que tomar las riendas y hacerlo uno. Los empresarios tienen grandes responsabilidades sobre esto. Si yo lo puedo hacer, ¿por qué otros no?”, se pregunta el fundador que, inquieto por naturaleza, está seguro de que la realidad social del país no va a cambiar si los empresarios no toman cartas en el asunto.

Luz verde

La política ambiental de Grupo Advance comienza desde el diseño. Su manual indica que los exhibidores que se fabriquen deben partir de materiales durables. “Creemos que el diseño es el primer paso estratégico hacia lo sustentable. Desde ahí contemplamos necesidades funcionales de usabilidad y comunicación para el cliente, pero siempre teniendo en cuenta las necesidades ambientales dentro de toda la etapa del desarrollo del producto: su producción, logística, implementación, vida útil y reciclado”, aseguraron durante su presentación. Es así como la empresa se esfuerza por aprovechar al máximo la vida útil de cada exhibidor realizado –por ejemplo, creando piezas intercambiables– con el fin de evitar el “usar y tirar” al que muchos deben recurrir con cada nuevo producto.

Se optimiza, también, la materia prima y, en caso de generar desperdicios, estos se reciclan o algunos materiales, como la madera, se donan, por ejemplo, al Penal 46 donde los presos trabajan en juegotecas y regalan los juguetes realizados a organizaciones sociales.

Los proyectos cada vez son más ambiciosos, al igual que las expectativas del fundador. Pero, para De Freitas, esas posibilidades van más allá de la rentabilidad: “El empresario PyME no sabe hacer otra cosa que trabajar. Pero ya no sé si tiene sentido crecer económicamente. Tiene sentido crecer en el impacto”

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